Mirar por la ventana del bus

Te despiertas un día cansado de preguntarte tantas cosas de las que no consigueste respuesta. Te preguntas cómo llegamos a esto. Te preguntas de qué nos quejábamos cuando no teníamos tiempo de otra cosa que no fuese esto. O en qué momento este país nos arrebató la identidad, la individualidad y nos volvió esta masa efermiza demasiado atascada para pensar algo diferente.

En el bus suena algún reguetón pero en mi mente el disco rayado de todas mis interrogantes. No es tanto que no haya respuesta o que no consiga, es no encontrarle la vuelta a esa callejón sin salida de lo evidente. Alguna forma de retorno.

De pequeño, mamá me decía que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, lo decía tanto que esa frase se volvió parte de mí. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, sí, o hasta que se lo arrebatan. No me gusta esa perspectiva en la que me arrebatan las cosas, pero no encuentro otra forma de verlo: nos arrebataron nuestra capacidad para elaborar un discurso diferente. Nuestra sensatez, nuestra coherencia. Nuestra prudencia, si es que alguna vez la conocimos. Y nuestra empatía. Abusos, discusiones, disparos, robos, lichamientos. La violencia más ciega que la justicia.

Apenas un pasado inmediato viene a mí: La gente decía que solo comía una o dos veces al día. Y por un momento me siento afortunado porque aún tengo 3 comidas diarias y no se me pasa por la cabeza que me dejen de faltar. Un día en el trabajo, a la hora del almuerzo todos destapamos nuestros envases y el mío tenía más comida. Uno de los compañeros dijo, como con pena, que ese día se había traído poco. Y yo sentía que había traído muy poco, y pensé en que tenía un problema de perspectiva. Pero recordé los más de diez kilos que he perdido y en las raciones generosas de comida que solía consumir y que ahora solo puedo mirar con amargura el plato que cada vez luce más grande.

El conductor del bus le baja volumen a la música para hablar por teléfono. Escucho algunas personas hablar, o susurrar. Otros solo miran por la ventana. Una señora tiene cara de un llanto a punto de ocurrir. Un hombre tiene una expresión insomne. Hay otras expresiones que no sé si corresponden al rostro del hambre. Ya no somos el país más feliz del mundo, si es que acaso lo fuimos. Todos hemos mutado. El venezolano chévere se volvió el venezolano triste, la viveza criolla cruzó la línea de la delincuencia. Todos pasamos nuestra propia metamorfosis y no sé si hemos alcanzado el último estadio o si apenas esto es una fase larvaria y llegaremos a una adultez para la que no estamos ni remotamente preparados.

¿De qué hablábamos antes? ¿Cómo compartíamos los días? ¿Cuáles eran las cosas que nos hacían reír? Cuando escucho las conversaciones actuales ya no me siento afortunado, me siento culpable. ¿O acaso la culpa es esta sensación inherente a la fortuna? No tengo respuesta para esto tampoco. No sé cómo llegamos a esto, a que todas las conversaciones terminen en ese callejón que se parece al único futuro posible. No sé. ¿Cómo dejamos que pasara esto? ¿Qué cosa, dentro del límite de nuestras capacidades, pudimos haber hecho diferente?

Un niño va mirando por la ventana, jugando con un carrito sobre el vidrio de la ventana. Lo deja un momento y mira a su mamá. Le pregunta que cuánto cuesta una harinapan y esta le responde como saliendo del paso que por qué quiere saber, dice que porque quisiera comer arepas y pareciera que se quedara recordando algo que también le arrebataron.

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2 comentarios sobre “Mirar por la ventana del bus

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